Agencia Reforma México
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Agencia Reforma México
Tucson, Arizona | Published: 07.11.2008
Segunda de tres partes
MÉXICO, DF.– Era mayo de 1993, Óscar Daniel Hernández Rodríguez (quien después ganaría notoriedad como Pablo Montero) cumplía tres meses en la Ciudad de México y ya tenía trabajo como cantante en el recién abierto restaurante Cícero Centenario, en el Centro Histórico.
En tan sólo cinco meses, Óscar Daniel, como se hacía llamar ante la clientela, ya era el intérprete más solicitado.
Incluso, la dueña del lugar, Estela Moctezuma, íntima amiga de la diva del cine mexicano, María Félix, sentía simpatía por su nueva adquisición.
Precisamente en octubre, Félix acudió a cenar al Cícero. Como de costumbre, su anfitriona la instaló en el privado de "siempre" con charolas de aperitivos y bocadillos.
"Mándame al mejor cantante que tienes", le pidió La Doña.
Pero Moctezuma ya le había pedido a Óscar que se preparara. Desde que la protagonista de Tizoc iba entrando al restaurante, el cantante se enteró que él era el elegido para cantarle.
Los nervios lo asaltaron, pero tomó aire y pensó unos instantes en aquello como una gran oportunidad de sobresalir.
Minutos después llegó ante la diva. Óscar, con ambas manos, tomó la de La Doña y besó su mejilla con actitud de respeto.
"Charro guapo", le dijo María, mientras Óscar se colocaba frente a ella.
Las primeras notas de "Flor de Azalea" llamaron de inmediato la atención de la "invitada de lujo", quien desde ese momento no despegó el ojo del cantante.
Tres canciones bastaron para enamorar a aquel ícono. Tanto le gustó la voz de Óscar a la actriz, que no sólo le aplaudió sonriente, sino que lo comparó con su ex esposo, "El Charro Cantor", Jorge Negrete.
"Vaya que no soy bruja, pero yo sé que tú vas a ser famoso. Y de mí te acuerdas", presagió Félix.
La foto de ese encuentro aún ocupa un sitio importante en el álbum en el que doña Mercedes, la mamá de Óscar, guarda las mejores imágenes de su vida.
No vivía de la cantada
Como a Óscar no le alcanzaban los 6 mil pesos mensuales que le pagaba Moctezuma, que de acuerdo con el índice inflacionario de este año equivalen a unos 7 mil 100 pesos actuales, empezó a considerar otras opciones laborales.
Le urgía conseguir más dinero. Además de sus gastos fijos (renta, alimentación, transportación y ropa) tenía que dar abonos al sastre que le hacía sus trajes de charro.
Por si fuera poco, le preocupaba no contar con recursos que le permitieran acudir diariamente a un gimnasio, para mantener una buena figura, requisito indispensable en su oficio.
Entonces, la ayuda de su amigo Eduardo Verástegui se volvió a hacer presente.
"Él se entrenaba en el gimnasio de un amigo suyo que le daba permiso de ir sin pagar. Así que me dio chance a mi también, y aún sigo yendo a ese gimnasio, ahí por Mixcoac", asegura Óscar.
A principios de 1994, del mismo modo en el que llegó a pedir trabajo al Cícero, se plantó en el Guadalajara de Noche, ícono de las variedades en Garibaldi.
El director general del lugar, Miguel Arredondo, no disimuló la extrañeza que le causó ver a Óscar, vestido de charro, solicitándole una oportunidad para cantar.
Arredondo no estaba convencido del aspecto del cantante, y le dijo que no tenía facha de charro tradicional.
Óscar le propuso entonces que la prueba fuera con público, quien al final diría la última palabra.
Al término de su breve actuación, el intérprete seguía escuchando "música": prolongados aplausos y gritos del público femenino.
"Tenía mis dudas, porque su rostro era muy fino, pero me sorprendió gratamente. Sobre todo, me gustó que las mujeres se entusiasmaron desde el principio con él. Proyectaba más que otros cantantes que había tenido. Fue así el inicio de una larga temporada que hizo aquí", relata Arredondo.
Los 2 mil 800 pesos al mes que ganaba en Garibaldi, más los 6 mil del Cícero le permitieron entonces llevar una vida más holgada. No tenía que preocuparse tanto por el dinero y ya contaba con más tiempo para mejorar su imagen.
Lo primero que hizo fue buscar un nombre artístico con mayor fuerza, que llamara la atención de la gente. Aprovechaba su estancia en el CEA y de una lista de 50 nombres tachaba opciones por sugerencia de sus conocidos en Televisa. Por consejo del productor teatral Rubén Lara escogió el de Pablo Montero, el cual adoptó en 1995.
Bajo ese nombre, aumentó el reconocimiento en los lugares donde trabajaba, al grado que varios clientes comenzaron a contratarlo para presentaciones particulares.
Uno de sus nuevos empleadores fue el empresario Olegario Vázquez Raña, quien lo buscó para cantar en un evento de sus empresas.
Sin ayuda de algún "padrino", Óscar comenzaba a darse a conocer ante más público.
Pero lo que más alegría le daba en ese entonces, era que su padre, don Javier Hernández, por fin lo perdonó por fugarse de su casa en Torreón y abandonar sus estudios.
La paciencia y el tiempo fueron el mejor remedio para ese mal, cuenta Óscar.
"Cada vez que hablaba con mi mamá o mis hermanos en Torreón pedía hablar con él. Los saludos de unos segundos se fueron alargando poco a poco".
Don Javier dio el primer gran paso para la reconciliación. A finales de 1993, sin que Óscar lo notara, fue a escucharlo cantar al Cícero. Ahí, la actuación de su hijo lo llenó de orgullo.
"Está bien, quédate en el DF, te irá bien", le dijo don Javier, quien, como amante de la música ranchera, reconoció que su hijo lo había dejado sin armas para seguir enojado con él.
Esta reacción significó una especie de bendición para el artista. A su modo de ver, compensaba meses de remordimientos.
Y es que Óscar, en su afán por no desilusionar más a su padre, le había prometido que culminaría en el DF su licenciatura en Administración, algo que en realidad veía él mismo muy difícil de cumplir.
Don Javier, quien solía viajar a la capital para comprar telas para surtir sus tiendas, comenzó a frecuentar más los lugares en los que cantaba su hijo.
La primera tragedia que deprime a Óscar
La noche del 24 de junio de 1995, don Javier y Óscar se habían quedado de ver en el Cícero. El padre del cantante llegó horas antes de la cita, entonces, para hacer tiempo, se metió a un bar cercano, en la Colonia Centro.
Después de unas copas, pagó su cuenta como acostumbraba, sacando un fajo de billetes de un portafolio, que era el de negocios y el cual esa noche estaba lleno de dinero.
Salió a la calle y tomó un taxi sin percatarse que dos hombres lo seguían de cerca. Al notarlos, minutos después, le gritó al chofer: "¡No se detenga, no se detenga!"
Pero los ladrones fueron más hábiles y le cerraron el paso al taxista. Descendieron de su auto para ir por don Javier.
Acostumbrado a la rudeza de su tierra, el comerciante se defendió a golpes. De pronto, uno de los rateros sacó una pistola. Comenzó el forcejeo y unos segundos después se escuchó una detonación. Don Javier cayó al suelo con una herida en la cabeza.
"Le llame al celular y me contestó alguien en una ambulancia. Me dijo que a mi papá lo habían asaltado y que iba muy mal. Que en Xoco no lo habían recibido porque no tenían el equipo para atenderlo, así que lo llevaban al Ángeles", rememora Óscar aún con tristeza.
Don Javier ingresó al hospital en estado de coma. Las posibilidades de sobrevivir eran escasas, según le dijeron los médicos al artista. Pero su papá se aferró a la vida. Pasó 45 días dando pelea en el área de terapia intensiva.
Dos meses y medio más estuvo recibiendo cuidados médicos cuyo costo promedio diario era en ese entonces de 5 millones de viejos pesos.
El pilar de la familia Hernández había ganado la batalla a la muerte, pero se debían al hospital alrededor de 600 millones.
Desesperado, Óscar fue a hablar con el dueño del hospital, Olegario Vázquez Raña, quien se acordó del cantante, y conmovido le rebajó la deuda a cerca de 170 millones.
Se hizo un depósito de 23 millones como garantía de pago, y Óscar y su familia, unidos, hicieron hasta lo imposible por saldar la deuda.
Durante la estancia de su papá en el hospital, el cantante atravesó otra gran crisis: la depresión. Se culpaba por lo sucedido. Decía a sus allegados que si él no hubiera salido de Torreón su papá estaría sano y no condenado a una silla de ruedas.
Lloraba a diario. Se volvió solitario, pero hacía todo lo posible por no quebrarse, por no tirar a la borda los sacrificios que inició dos años atrás.
"Una persona que tiene ese problema se tira, se pierde de inmediato. Pero él no lo hizo. Al contrario, puedo asegurar que no cayó ni en el alcohol ni en las drogas. En ese entonces, no tenía ese problema", dice Miguel Arredondo, del Guadalajara de Noche.
Seis años después, en el 2001, como muestra de agradecimiento a Vázquez Raña, Pablo Montero le cantó a las enfermeras de su hospital el 10 de mayo.
Ahora, don Javier ya no está al frente de sus negocios. Pasa todo el tiempo en su casa. Apenas y puede hablar lo necesario. No obstante, sigue siendo el pilar de su familia.
Pese a su condición no ha perdido el humor y vacila con que siempre le ha envidiado a su hijo que las mujeres le llegan a borbotones. "'Pásate unas', le digo a mi hijo", bromea.
El mensaje de esta dura experiencia es que gracias al trabajo de su hijo, al que se negó apoyar cuando salió de casa para abrirse paso como cantante, sigue en este mundo.
Afortunadamente, agrega entre lágrimas, está vivo para ver a su hijo en la telenovela "Fuego en la Sangre".
La reciente participación de Vicente Fernández hijo en el melodrama llenó de emoción a Don Javier, pues es digno representante de la dinastía que encabeza su compadre, "El Charro de Huentitán", de cuya relación prefiere no hablar.
"Es mi amigo... muy cabrón, pero a toda madre", es lo único que dice sobre "Chente", a quien conoció en las cantinas y quien es el padrino de su hijo Oliver, el brazo derecho de Pablo Montero desde hace 8 años.
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