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'Mi Pareja'Tucson, Arizona | Published: 06.13.2008
Me llamó mi amigo a eso de las 3:30 p.m. Fue hace más o menos tres semanas. "La niña murió -me dijo-, la vamos a sepultar mañana". La pequeña, de unos 18 meses de edad, se llamaba Sara.
Convaleció a lo largo de un penoso y eterno mes internada en el hospital, donde fue llevada de emergencia por su madre. Los médicos lucharon intensamente por salvarle la vida, cosa que lamentablemente no lograron, pese a sus denodados esfuerzos.
Cuando la recibieron -según me enteré después-, solamente el 25 por ciento de su cerebro funcionaba; el resto, 75 por ciento, estaba completamente bloqueado a causa de una severa inflamación, producto de numerosos y severos golpes que fueron causados, según afirmación de la mamá, por las frecuentes caídas que la beba padecía.
Ante la sospecha de que había sido gravemente golpeada, las autoridades policíacas intervinieron. Se practicó una autopsia al minúsculo cuerpecito y el médico legista reportó que la niña, efectivamente, había sido gravemente golpeada, y que la golpiza que sufrió no era la única; había huellas de muchos golpes pasados, intencionales.
Era evidente que, según los resultados de la necropsia, la pequeña era castigada con frecuencia, por no decir con "regularidad". Interrogada la madre al respecto, juró y perjuró que jamás golpeaban a la criatura; que ella era muy torpe, y que sufría caídas constantemente.
Por supuesto que no le creyeron, pero, pese a ello, las autoridades le entregaron el cuerpecito y autorizaron su sepultura. La madre decidió que fuera cremada.
Yo sabía de la existencia de la nena, pero nunca la había visto antes del velorio. Era hermosa: lucía como un verdadero angelito en el brevísimo y níveo ataúd. Morenita, sus ojos dormidos mostraban unas largas pestañas rizadas. La serenidad de su bello rostro y sus manitas entrelazadas hicieron que las lágrimas me atacaran. Se veía tan dulce, tan indefensa y vulnerable…
Finalmente, pasados unos días, me enteré de la causa de su muerte. La pareja de la mamá mató a la pequeña Sara a golpes, "porque lloraba mucho". Si el padrastro fue castigado o no, lo ignoro, pero igual la beba está muerta.
Olivia, la mamá de la difunta Sara, es la que lleva el dinero a su casa, donde su pareja se hace cargo de cuidar a los niños. Él tiene antecedentes de drogadicción y vagancia -por decir lo menos-, de manera que es sencillo imaginar lo que ocurría en aquella modesta vivienda, mientras Olivia trabajaba para llevar el pan a su hogar.
Finalmente, las autoridades retiraron de su hogar, al otro pequeño hijo de Olivia, de tres o cuatro años de edad, y lo llevaron a vivir a un hospicio, lejos del torturador. Y creo que no es necesario decir mucho más.
Conozco algunas mujeres que viven en mancebía -como se decía antes-, con hombres que las explotan, aunque ellas lo nieguen, porque prefieren pensar que son amadas, fingiendo que están "casadas". Siempre se refieren a sus amantes como "mi pareja", que un eufemismo que se ha vuelto de uso común, cada vez más frecuente y ahora firmemente establecido, que les permite -supuestamente-, disfrazar su condición de amasiato.
Pero no nos equivoquemos: No es ésta una condición excepcional ni privativa de gente humilde o inculta, se da en todos los círculos sociales y condiciones económicas. Cada vez son más las personas que prefieren este tipo de arreglo conyugal sin ataduras, pues el amor -según afirman con afectada convicción sus fanáticos-, "no necesita papeles".
Es en cuando se vive en estas condiciones, por cierto, dónde se registran más casos de violencia intrafamiliar; es donde se incuba el germen de la delincuencia y la criminalidad; donde nace el pandillerismo y las "maras salavatruchas".
Puede que el amor no necesite papeles, pero sí requiere reglas, compromiso y orden. De otra manera los hijos pagan los pecados de los padres.
● E-mail: francisco.urena@yahoo.com
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