Octubre 30, 2000El viaje de Marvin: La historia de un migrante
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![]() Al igual que incontables inmigrantes ilegales antes que él, Marvin Hernández dice que dejó la miseria absoluta de su casa y desafió el largo y horrendo viaje a los Estados Unidos porque, 'yo sólo quiero vivir como un ser humano; eso es todo.' |
SAN SALVADOR, El quería una oportunidad para ganar algo de dinero, el suficiente para adquirir su propia mini-van o un camión decente.
Tal vez el suficiente para comprar una casa algún día y casarse, formar una familia, hacerse cargo de su madre.
Sus sueños eran pequeños, pero aún así, más grandes que sus oportunidades.
Marvin Hernández estaba ganando 2,000 colones al mes, unos 237 dólares, instalando y reparando neumáticos en El Salvador. Los 1,200 colones extras que ganaba repartiendo leche lo colocaron en la clase media de su país, pero no lo ponían cerca de sus metas.
Entonces unos secuestradores robaron y asesinaron a un compañero de trabajo que había crecido con él y Marvin supo que era el momento de marcharse.
"Sólo quería vivir como un ser humano; eso es todo," dijo el Julio pasado, sentado en la casa de Bisbee, donde permaneció escondido por dos semanas esperando salir de la ciudad.
La Estatua de la Libertad se asoma en un anuncio espectacular de una compañía que maneja algunos de los billones de dólares que son enviados anualmente desde los Estados Unidos a El Salvador. |
Marvin intentó explicar lo que lo llevó a pagar 5,700 dólares - el doble de lo que ganaba al año - por un peligroso viaje de 2,000 millas a través de El Salvador, Guatemala y México para reunirse con el medio millón de personas que cada año cruzan ilegalmente a los Estados Unidos.
La respuesta es la pobreza y violencia de un lugar que aún se tambalea por la guerra civil que concluyó hace ocho años; el país más pequeño, pobre y densamente poblado de Centroamérica.
En El Salvador, conocía abogados que no ganaban lo que yo, cambiando neumáticos," dijo Marvin. "Nadie tiene dinero. Me hubiera quedado de haber podido, pero fue imposible. Hay muy poco dinero. Para mí, salir era la única manera en que podía ayudar a mi madre y hacer una vida para mí mismo." Marvin era una de las 2.5 millones de personas que viven en la contaminada capital de San Salvador. Los más ricos viven en enormes residencias detrás de rejas de seguridad, con alambres electrificados y guardias armados. La Mayoría de las personas viven aglomeradas en pequeñas casas y departamentos.
Los más pobres habitan en atestados multifamiliares llamados mezones, o en chozas, o en la calle.
![]() Mientras que un transeúnte ignora las mercancías que él vende, Victor Rosales se sienta bajo un graffiti político que reclama apoyos para la clase trabajadora y pide leyes que protejan las pensiones, en el centro de San Salvador. |
El graffiti en las paredes del viejo centro de la ciudad muestra que no ha habido suficiente progreso desde que el cese al fuego decretado por las Naciones Unidas en 1992 puso fin a 12 años de guerra. El Salvador aún está luchando para reconstruir su economía y restablecer el orden social.
Los Hernández vivían con relativa comodidad durante la guerra.
El padre de Marvin, Miguel Angel Hernández, trabajaba como supervisor en un granero del gobierno en el pueblo de San Martín, a unas 27 millas al este de San Salvador. Su madre, Angela, trabajaba en un fábrica textil cercana.
Con el dinero que ganaban, sus padres compraron una pequeña parcela de tierra en el cantón de La Palma, un vecindario en un risco sobre el Lago Ilopango.
Construyeron una pequeña casa, plantaron árboles de mango y plátano y criaron a sus hijos con la ayuda de los padres de Angela.
Tenían lo suficiente para asegurar que sus hijos irían a la escuela para obtener una educación.
Pero cuando se inició la paz y las cosas parecían mejor para El Salvador, la familia Hernández comenzó a desmoronarse.
El padre se marcha primero
Angela Hernández, la madre de Marvin, no ha visto a su esposo cuya fotografía cuelga en la pared atrás de ella, desde que se fue a los Estados Unidos hace ocho años en busca de trabajo. Como muchos otros que aguantan las separaciones de sus seres queridos que trabajan en los Estados Unidos, ella recibe dinero por correo de su esposo y su hijo, quien también es inmigrante ilegal. |
Todo comenzó cuando cerró el granero en 1992. Entonces, con uno de sus hijos terminando sus estudios de auto mecánica en el Instituto Nacional Técnico y un segundo hijo listo para ingresar, sus condiciones de alta presión arterial y un corazón empeorando, obligaron a Anglea a dejar su trabajo en la fábrica.
Ese año Miguel Hernández partió hacia los Estados Unidos con un amigo.
Actualmente vive y trabaja en algún lugar de Los Angeles. Cada mes llega un cheque a casa pero Miguel aún no regresa.
"Cuando se fue mi esposo, yo tenía miedo," Angela, ahora de 47 años, hace memoria un día del mes pasado, sentada en la sala de la casa familiar.
La televisión estaba sintonizada en "Los Picapiedra," y su joven sobrino Diego, jugaba en una silla con el padre de Angela, Eugenio Hernández.
Atrás de ella, en la pared, estaban las fotografías enmarcadas de sus hijos y otras de ella y de su esposo al que no ha visto en ocho años.
Miguel no llegó a la tierra prometida en la primera ocasión. Fue capturado repetidamente y enviado de regreso a México por Tijuana antes de que finalmente, aterrizara en la casa de un pariente en California.

"Los muchachos estaban creciendo cuando él se fue, pero ellos eran aún lo suficientemente jóvenes para extrañarlo," dijo Angela. El llama, envía dinero; nunca se olvida de nosotros y eso ayuda. Me he acostumbrado pero lo extraño. Preferiría tenerlo aquí conmigo pero sé que él está allá por necesidad." En 1997, su hijo Mayor, Francisco, se marchó para reunirse con su padre.
Ella también habla con él por teléfono y a veces, él envía dinero.
Se suponía que el final de la guerra traería reformas sociales que podrían mejorar la vida para los pobres y desposeídos, pero Marvin dice que puede ser incluso peor actualmente en este periodo de caos conocido como la pos-guerra.
"Ellos le llaman la pos-guerra, pero realmente nada ha cambiado. En lugar de soldados hay maras - pandillas - "y ellos controlan muchos cantones," dijo Marvin. "Hay lugares donde tienes que pagarles para ingresar y a donde no puedes ir de noche.
El campo de futbol en la colonia San Martin es un lugar popular para el deporte favorito de El Salvador. Los zapatos son opcionales; muchos de los empobrecidos habitantes del poblado cerca de la capital de San Salvador no pueden comprarlos. |
"Yo tenía 6 años cuando inició la guerra, pero recuerdo un puente por donde pasaba el tren no muy lejos de nuestra casa, donde solían encontrar cadáveres, la mayoría estudiantes asesinados por los soldados. Aún encuentran cuerpos todo el tiempo." Por la calle de la casa de los Hernández, la maleza cubre una torre de concreto con ventanas de tablillas que servía como puesto de resguardo en la guerra.
La guerra aún parece vivir fuera del establecimiento de neumáticos donde trabajaba Marvin, y en edificios de negocios y del gobierno en todo San Salvador. Hombres contratados, con ropa de civiles, fuertemente armados con rifles o escopetas de caza echadas sobre sus hombros, aguardan contra los ladrones.
Ellos son un recuerdo del conflicto, que exigió más de 75,000 personas, casi la mitad de ellos civiles, asesinados por escuadrones de la muerte inclinados a liquidar a los disidentes sospechosos.
Pero la más perdurable señal de guerra puede ser el paisaje yermo, limpiado de bosques tropicales por los químicos que los rebeldes no pudieron esconder.
Más de 300,000 personas abandonaron el país durante la guerra. La Mayoría se marchó a los Estados Unidos, pero otros buscaron refugio en México, Europa o Australia.
Los maras, integrantes de las pandillas Salvadoreñas, fueron capturados en Los Angeles y deportados bajo el tratado de anti-terrorismo en 1996, que entró en vigor en 1997.
Las pandillas ayudan a explicar los ocho homicidios diarios en el país, Francisco Bertrand Galindo, ministro de justicia y seguridad pública, lo señaló en una conferencia sobre violencia, el mes pasado.
Pero así lo explican también el desempleo, pobreza, alcoholismo, abuso de drogas y violencia doméstica, dijo.
Soldados Salvadoreños marchan por las calles de Chalatenango durante un patrullaje de rutina. Aunque la guerra civil del país finalizó hace casi una década, el ejército mantiene una fuerte presencia en esta ciudad, la cual fue una fortaleza para el FMLN durante el conflicto. |
Lo que es más, casi 600 oficiales han sido removidos de los 20,000 miembros de la fuerza policial salvadoreña en el último año, luego de que se turnaron investigaciones hacia crímenes, desde delitos menores, hasta secuestros, asesinato y tortura. Otros 400 oficiales se encuentran bajo investigación.
El número de Salvadoreños que viven en el extranjero ha aumentado a casi 1 millón desde que finalizó la guerra, cerca del 20 por ciento de la población del país. Se estima que 335,000 Salvadoreños están viviendo de manera ilegal en los Estados Unidos, en segundo lugar luego de los 2.7 millones de Mexicanos que se cree viven aquí ilegalmente, dice el Servicio de Inmigración y Naturalización.
Angela Hernández sabía que su hijo menor podía unírseles en algún momento. A ella no le sorprendió cuando Marvin de 25 años, le dijo que se iría, el año pasado. Pero ella aún no estaba preparada para dejarlo ir.
Angela pidió a su hijo una última tarea antes de ponerlo en camino.
Marvin se puso a trabajar arreglando el drenaje que lleva las aguas negras de la casa hacia la sucia calle, donde fluye libremente en un arroyo cuesta abajo. También construyó diques de 2 pies de alto en la parte frontal y trasera de la casa para mantener lejos las inundaciones.
Foto por Ignacio Ibarra Guardias armados vestidos de civiles vigilan las casas y negocios de los Salvadoreños ricos para disuadir a los criminales, especialmente a los miembros de pandillas. |
Finalmente, ayudó a pagar las rejas de seguridad frente a la entrada de la propiedad, preocupado porque los ladrones podrían intentar romperla una vez que supieran que su madre y su abuelo estaban solos.
Los Hernández son como muchas familias en El Salvador, dijo su vecina Ismani Bernal.
"Todos aquí tienen familia en los Estados Unidos y los que no, quisieran tenerla," dijo Bernal, de 39 años. "Yo tengo un hermano en Houston y un esposo que quisiera irse, pero le teme al viaje." Las banderas Americanas cuelgan en lugares de honor afuera de las chozas y negocios por todo San Salvador. Inspirados por parientes en los Estados Unidos o por la presencia de militares norteAmericanos en El Salvador a través de los años, los padres les ponen a sus hijos nombres como Marvin o Nancy. La práctica se ha vuelto tan común que ahora el gobierno requiere a los padres que reporten el significado de los nombres Americanos.
Los expatriados envían más de 1 billón de dólares anuales a sus familiares.
Al igual que en México, donde las cifras se estiman en 7 billones de dólares, esta es la fuente más grande de capital extranjero en El Salvador.
![]() René Rivera de 10 años y Juan Carlos Riva, de 13, caminan evadiendo las aguas residuales mientras cargan un jarro de agua fresca de la comunidad hacia su escuela. Abajo. Unas hermanas se bañan en un río de la ciudad costera La Libertad, aproximadamente a una hora de San Salvador. El agua está contaminada en gran parte con residuos humanos, pero es una alternativa para la pobreza.
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La gente en el poblado de los Hernández, San Martín, recibe sus cheques en la sucursal local de Gigante Express, un servicio postal especializado en efectivo, paquetería y correo entre Latinoamérica y Estados Unidos.
Cerca del 95 por ciento de las 80 cartas que llegan a diario contienen giros provenientes de los Estados Unidos.
"El monto puede ser tan pequeño como 5 ó 10 dólares, pero supongo que un promedio de 300 ó 400 no sería muy alto," dijo el gerente de 72 años Antonio Vigil Canales. "La gente sabe exactamente cuándo va a llegar ese dinero y vienen aquí a esperar, y muchas veces se muestran ansiosos, reclamando cuando no llega su carta." La inyección de 20,000 a 25,000 dólares a la economía local tiene obvios beneficios para las familias de la comunidad, pero Vigil dijo que le preocupa que a la larga, el país se debilite por esta dependencia con los dólares Americanos.
Julio Novoa de 62 años, un vecino de Angela Hernández, dijo que el tirón de dólares y el estilo de vida Americanos es tan fuerte, que puede separar a las familias.
El y su esposa, Maribel Alvarado de 34 años, luchan por mantener a sus cuatro hijos vestidos y alimentados a través de la venta de conos de nieve, sodas y bocadillos en una pequeña tienda a un lado de la casa. A veces sobreviven con los cheques que envía su cuñado de los Estados Unidos.
Actualmente, las cosas están desesperadas, su esposa ha hablado de dejarlo a él y a los hijos e irse con su hermano. Sólo el dinero la detiene; los 30,000 colones que cobran los contrabandistas o coyotes.
"Cómo voy a reunir tanto dinero?" pregunta.
Una mujer que no dio su nombre, opera un improvisado restaurante en el basurero municipal en San Salvador, ofreciendo comida caliente a los trabajadores. Cientos viven y trabajan en el basurero, buscando en la basura cualquier cosa que pueda ser de valor. |
Su esposo mueve la cabeza. "Mucha gente dio su sangre para cambiar las cosas, pero al final nada cambió." Pedro Sánchez Palacios, de 54 años, es un trabajdor de la construcción lo suficientemente capacitado para ganar más de 3,000 colones al mes, unos 343 dólares. El luchó para el gobierno en la guerra, pero cuando mira afuera de su modesta casa, de pisos sucios, hacia las mansiones de los ricos, él se siente traicionado.
"En la televisión, el gobierno sólo quiere hablar de la belleza de El Salvador, el progreso y cómo El Salvador lo tiene todo. Ellos no hablan sobre los problemas," dijo Sánchez.
El fue testigo de un robo de auto el mes pasado en una intersección en San Salvador y dice que la policía no tiene el poder para detener la violencia "Todos nosotros perdimos en la guerra. Fueron 12 largos años de lucha para nada."
La mujer de 40 años de edad vive en una choza que construyó en uno de los cuatro basureros públicos de San Salvador.
Bajo la sombre de un volcán, ella compite con los buitres, perros perdidos y cerca de otras 200 personas que recogen la basura de las montañas de desperdicios. El plástico es apreciado, se paga a 3 centavos la libra.
"Buscamos botellas de plástico, latas y papel, pero vamos a recoger cualquier cosa que podemos vender o usar," dijo. "Ellos nos pagan 28 centavos la libra de plástico, pero hay mucha gente a la que le es difícil ganar lo suficiente para vivir." Pedro Vivas Soto también vive en el basurero, luchando por ganar lo suficiente para poner en sus tortillas frijoles, en lugar de sal únicamente.
El espera que su familia en los Estados Unidos pueda ayudar a rescatarlo, así que les escribe de vez en cuando.
![]() Foto por Ignacio Ibarra Los pepenadores en un basurero Salvadoreño sobreviven aprovechando los materiales. El plástico que se vende a 3 centavos la libra, es especialmente apreciado. |
"Pero ellos no han respondido," dijo Vivas de 33 años, quien fue empleado en muchos trabajos, incluyendo comprador de boletos, antes de enfrentar tiempos difíciles. "Ya veremos, tal vez un día me vaya."
Su hermano le dijo que lo olvidara. El camino se había vuelto sumamente peligroso.
"Al principio intentó desalentarme, pero cuando vio que no pudo, me envió el dinero para arreglar el viaje," dijo Marvin.
Encontrar un coyote que lo pudiera llevar a los Estados Unidos no fue un problema. En San Martín hay muchos, incluyendo un hombre que opera desde un local de comida en el parque de la ciudad.
Algunos "agentes de viajes" incluso se anuncian en los clasificados del periódico local, aunque con menos frecuencia porque el gobierno está tomando medidas enérgicas.
El amigo de Marvin, Cesar, 24, en San Martín. |
"Contraté al mismo hombre que ayudó a mi hermano y le había pagado 2,500 dólares por adelantado," dijo Marvin. "Esa es la manera normal. Tú pagas cerca de la mitad al inicio y el resto cuando llegas." Sus compañeros de trabajo tuvieron una pequeña advertencia de antemano en Punto Radial, una tienda de neumáticos en la comunidad de clase alta Merliot, de San Salvador.
Pero a nadie le sorprendió.
Juan Carlos Ayala de 25 años, dijo que él y su esposa esperan su primer hijo, y que él se acaba de dar cuenta de que Marvin se fue hace dos años.
![]() 6 millones de inmigrantes ilegales La población estimada de inmigrantes ilegales en los Estados Unidos es de 6 millones, el mismo número de la población total de El Salvador. El Salvador No. 2
México:
El Salvador:
Guatemala:
Canadá:
Haití:
Filipinas:
Honduras:
Bahamas:
Polonia:
Nicaragua:
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La casa o el condominio más pequeños costarán por lo menos 84,000 colones, 9,600 dólares. Incluso si él pudiera manejar un financiamiento sobre la compra por 20 años, cada mes tendría que pagar más de 100 dólares o su ingreso mensual de 230 dólares para cubrir la hipoteca.
"Mantener una familia con un trabajo como este en San Salvador, es imposible," dijo Ayala. "Esa es la razón por la que la gente se marcha todos los días. Incluso México está en mejores condiciones que nosotros. Eso es por lo que la gente se va de aquí a trabajar allá." Angela Hernández sabía esto tan bien como cualquier otro, pero eso no hizo más fácil la noche en que empacó las bolsas de su hijo menor. Ella había visto un reportaje en la televisión acerca de dos hombres Guatemaltecos que se ahogaron en el Río Bravo cerca de Matamoros, México. Y ella estuvo viendo la historia de una joven madre que murió al cruzar el desierto cerca de Tucson luego de dejar a su bebé el agua que le quedaba.
"Planché tres pares de pantalones, algunas camisas y los puse en la bolsa con algunos calcetines y ropa interior. Luego empaqué algunas cosas como pasta de dientes, jabón y shampoo. Puse algunas pastillas para el dolor de cabeza, como para un niño pequeño." Al día siguiente, cuando lo llevó a la estación de autobuses en San Salvador, "Me sentí totalmente sola. El era muy cercano a mí y lo extraño.
"Antes de dejarlo, él me dijo,`Mamá, voy a estar dos años y luego voy a venir a casa, pero no lo sé. Espero que algún día él venga a casa, por lo menos de visita.
"Pero no lo sé."
* Día 3: La tierra prometida; seis dólares la hora y una existencia solitaria.
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Ignacio Ibarra, de 45 años ha cubierto asuntos de la frontera para el Arizona Daily Star desde 1991. Vive en Bisbee. Jeffry Scott, de 38 años, ha sido fotógrafo del Star desde 1996. Ambos hombres han viajado extensamente por México y América Latina. También han trabajado juntos para producir el reportaje especial del Star en Julio de 1999, "Vidas en la línea fronteriza." |